“La castidad trajo mucha paz a nuestra relación”

Estoy a pocos años de los 30 años. A pesar de mi formación católica siempre viví la vida con mucha libertad. En mi adolescencia todo iba con mucha prisa y hoy, que me detengo a pensar, me hubiese gustado que sea diferente.

Tuve varias enamoradas desde muy joven y me inicié teniendo relaciones sexuales a corta edad. Lo hacía por placer, por pasarla bien, porque todos mis amigos y amigas lo hacían, pero no tenía para mí un sentido verdadero. Cuando acababa el acto, nunca había un afecto profundo ni una consideración por la otra persona.

Durante la adolescencia también abusé del alcohol y probé sustancias ilegales. Lo hacía porque todos los hacían y porque dentro del grupo de amigos era “algo normal”, y yo sólo tomaba o consumía por demostrar que era alguien “normal”. Hoy me arrepiento de no haber tenido la personalidad suficiente para decir “NO” y apartar de mí cosas que me estaban dañando.

En la universidad conocí a una chica, fuimos compañeros de clase. Cuando acabó la universidad nos volvimos a encontrar y empezamos a salir. Con ella mi vida cambió. Empecé a encontrarle sentido a la cosas y valorar los momentos realmente importantes. Después de un largo camino y de haber compartido tantas experiencias juntos, tomamos la decisión de unir nuestras vidas para siempre en matrimonio. Es aquí donde comenzó lo más bonito que me pasó en la vida.

Decidimos escoger la iglesia que estaba cerca a mi casa, y tomar la charla pre-matrimonial que ofrecían. La tomamos sin saber que era una jornada de todo un fin de semana. Cuando les contábamos a muchos amigos nos decían que estábamos perdiendo el tiempo, que buscáramos alguna otra parroquia que nos diese la charla en una hora para obtener el certificado. Nosotros decidimos no hacer caso, pues si habíamos tomado ese curso era por una razón y que teníamos y debíamos asistir, así que fuimos.

Llegamos a la iglesia pensando encontrarnos con personas que nos iban a dar sermones y charlas largas y aburridas, pero eso nunca ocurrió. ¡Pasó todo lo contrario! Estábamos rodeados de gente joven (como nosotros) y nos sentimos en plena confianza. Con los temas que se fueron tratando empezamos a reflexionar, al punto decidí darle un cambio a mi vida. Me puse a pensar en lo mal que estaba llevando mi vida, dándole tanta prioridad al trabajo, pensando sólo en las cosas materiales, acordándome que cuando tuve sexo con muchas chicas sin amarlas. Prácticamente las usé sólo para satisfacer mis deseos.

También decidí que si había tomado la decisión de casarme tenía que entregarme por completo y que estaba dispuesto a hacer lo que fuese necesario para comenzar bien, por eso me fui a confesar con ella (algo que nunca había hecho en mi vida) para que ella supiese todo lo que yo había hecho en mi pasado y que también supiese que yo estaba realmente arrepentido.

El padre que me confesó nos había visto murmurar desde el pasillo y había visto caer nuestras lágrimas, así que decidió llamarnos y regalarnos unos minutos. ¡Esos minutos significaron para mí la liberación de una decena de años cargando tantas cosas! El padre nos abrazó mientras llorábamos juntos, y sentí la paz más profunda que jamás había sentido en mi vida. Él no sólo nos ayudó a perdonarnos a nosotros mismos, sino que nos dio el mejor remedio de sanación para las heridas que teníamos del pasado: la virtud de la castidad (o la cura, como la llamamos con mi novia), porque trajo mucha paz a nuestra relación. Y la verdad es que el mal uso de la sexualidad como medio de escape a nuestros problemas nos había hecho mucho daño. Cuando nos habló de la castidad sin dudar decidimos practicarla, y gracias a la castidad le estamos dando el valor que ese encuentro amerita para dos esposos que se aman y se prometen compañía para toda la vida. No es fácil y requiere mucha fuerza de voluntad, pero de la mano de Dios seguimos en ese camino.

La castidad no sólo nos mantiene sin sexo, sino que nos ha ayudado en muchas cosas que jamás imaginamos. Ahora compartimos más, tenemos mejor comunicación, nos respetamos más, pasamos más tiempo con nuestras familias.

Hoy estamos a pocos meses de casarnos y estamos felices de que Dios nos haya dado esta oportunidad de comenzar de nuevo. Hoy nos estamos esperando, y cuando Dios bendiga nuestra unión podremos disfrutar de nuestro amor puro entregándonos por completo, con cariño, con amor, con respeto.

Tengo que agradecerle a Dios, haberme puesto a una mujer tan buena y linda, definitivamente, la mejor compañera. También le agradezco haberme cruzado con un padre que hable como nosotros, y que diga las cosas directo, sin miedo, sin temores, que nos dé tanta claridad para que no nos quede ninguna duda, que nos explique sobre la castidad y se haya tomado el tiempo que se tomó para escucharnos y para aliviar nuestras penas. Ahora nos sentimos mejor y somos una pareja realmente feliz y con todas las ilusiones de compartir toda nuestra vida juntos.

R.D.

Testimonio escrito para La Opción V

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