«La castidad me devolvió lo que el sexo me arrebató»

Hace un tiempo atrás, cuando me preguntaban si me sentía feliz, no me sentía capaz de responder afirmativamente, y no sabía si responder con un “no”, con un “tal vez” o con un “de pronto”, mientras por mi mente pasaban una serie de inquietudes insoportables y en mi interior no sabía ni siquiera qué me pasaba, o qué era lo que estaba sintiendo, no sabía si lo que estaba haciendo era correcto o no.

Mi tercer novio lo tuve a los 13 años. Era un hombre 3 años mayor que yo, que aparentaba ser maduro, con pensamientos profundos, alguien muy diferente a cualquiera que hubiese conocido antes, alguien que se preocupaba por mí y me ayudaba a “ser diferente a las demás”. Me compartía todos sus pensamientos, sentimientos, me abrió su familia y hasta su círculo de amigos. Poco a poco se fue convirtiendo en la única persona en quien confiaba, la única persona a quien le creía, el único pensamiento en mi mente día y noche. Ya no compartía ni con mis amigas ni con mi familia, solo con él.

Entre nosotros no podían faltar las conversaciones sobre las relaciones sexuales. Me decía que iba a esperarme hasta el momento en que yo estuviera lista, que me sintiera preparada y tuviera la confianza. Iba y volvía el tema en nuestras conversaciones, mientras en mi interior pensaba que él era la persona indicada, con quien me iba a casar, que era el único que me iba a querer y a tratar de esa manera tan especial, por lo que 10 meses después, a los 14, accedí a tener relaciones sexuales con él. Sentí miedo de que mis papás se enterasen, de que quedara embarazada o de que alguien fuera a pensar cosas malas de mí. Sin embargo, el miedo no me detuvo para continuar con una vida sexual activa.

En ese momento de mi vida yo no era feliz. Vivía con inseguridad y preocupaciones constantes. Cada pelea o discusión que teníamos era motivo de llanto. A veces ni siquiera me podía levantar de la cama para ir al colegio, por estar llorando toda la noche pensando en que él estaba enojado conmigo, en su mayoría por motivos tan tontos. Muchas cosas me dejaron de importar, le permitía que mirara a otras chicas con deseo, aún él estando conmigo y ya no me importaba que me contara sus “fantasías sexuales” con amigas mías porque yo pensaba que él sentía que era muy monótono que se acostara solo conmigo. No me daba cuenta que lo que hacía era hacerme daño a mí misma.

Al año y medio de estar juntos quise “igualarme” a él, al nivel de tener yo también mis propios hombres con quienes fantasear o satisfacerme fuera de mi noviazgo. Durante un viaje con mi familia conocí a un chico de otro país, con quien coqueteé y terminé regalándole mis besos, así que “le había puesto los cachos” a mi novio. En mi interior me sentí simplemente destrozada, sentía que mi vida no tenía sentido, que le había sido infiel al hombre que tenía mi virginidad. Por lo tanto, al yo contarle todo lo que había sucedido, le prometí que recuperaría su corazón. ¡No sabía lo que estaba prometiendo! Él me perdonó a un precio muy alto: me sometí totalmente a él, obedeciéndolo y complaciéndolo en todo lo que él quería para así poder “recuperar su corazón”. No me estaba dando cuenta de que lo que estaba haciendo era perder mi valor y mi dignidad. Terminé siendo completamente dependiente de él, al punto de cumplirle todas sus fantasías sexuales.

Aunque yo creí que de esa manera había logrado recuperar su corazón, no fue así. Cuando llevábamos 2 años y medio de relación me dijo que lo mejor era terminar, alejarnos por un tiempo, para que él pudiera vivir la etapa de la universidad más tranquilo y conocer mujeres nuevas, pues no quería quedarse atado siempre a mí sin conocer a nadie más. En medio de una gran confusión en mi mente, pensé que si él lo decía entonces era lo correcto, y por eso decidimos dejar de ser novios. Pero era casi imposible alejarnos del todo, así que lo único que pasó fue que nos quitamos el título de novios para pasar a ser “amigos con derechos”. Con eso me rebajé más aún, me humillé y me dejé usar como un objeto sin considerar el amor que yo merecía tener, porque simplemente no podía alejarme de él.

6 meses después escuché hablar de la castidad y me cuestioné profundamente sobre qué era. Investigué, averigüé y me topé con La Opción V. Fue un momento de reacción, de darme cuenta cuánto dolor había en mi corazón y cuán poca independencia tenía en mi vida. Cuando fui a contarle a él y a pedirle que viviéramos en castidad, la actitud fue de total rechazo. Sus comentarios fueron muy hirientes hacia mí. Me partió aun más el corazón que quién me había “enseñado a amar” me estuviera diciendo que no estaba de acuerdo en vivir un amor puro y auténtico. Desde entonces fueron muchos días de incertidumbre y de lucha para no aceptar tener más relaciones sexuales, hasta que finalmente logré armarme de valor para dejar mi vida infeliz a un lado.

En este proceso no le contaba a nadie el dolor que muchas veces sentía en mi corazón a causa de que mi ex novio me dijera que no quería vivir en castidad, porque me daba vergüenza. Mis papás no tenían la menor idea de que ya habíamos tenido relaciones sexuales. Me sentía sola e incomprendida. No quería que mis amigas pensarán que me estaba volviendo loca, sabía que ninguna me iba a apoyar, por eso decidí buscar e investigar por mi propia cuenta más sobre la castidad y cómo vivirla. ¡Gracias a Dios me topé con La Opción V en TV y la página de Facebook! No podía creer la cantidad de testimonios de jóvenes cómo yo que querían vivir la castidad y estaban dispuestos a luchar. Fue un aliento y un nuevo respirar saber que existía algo en el mundo para jóvenes que quieren luchar por su castidad. Me sentí parte de esta revolución de amor y apoyada en mis pensamientos. Reafirmé que no que estaba tan loca como creía o como me hacía ver mi novio, al contrario, estaba siendo sensata y valiente para ir contracorriente.

Entendí por qué mi relación se había convertido en algo tan dañino para mí, entendí por qué me estaba sintiendo así y por qué necesitaba alejarme de él URGENTEMENTE. Era imposible vivir la castidad yo sola, sin la ayuda de mi “amigovio”, por eso decidí apartarme definitivamente de él, desprenderme de esa dependencia que habían generado las relaciones sexuales en nuestra relación.

La Opción V fue el apoyo que necesité para tomar la decisión en mi vida de vivir en castidad y de no dejarme “conmover” ni “compadecer” por las súplicas incoherentes que me hacía mi ex novio para que no lo dejara ni me fuese de su lado. Pero fue la mejor decisión que pude haber tomado y no me arrepiento ni un solo segundo, porque a partir de ese momento mi vida cambió completamente y hoy soy una nueva mujer. Al optar por la castidad opté por ser libre, por no estar más atada a un hombre que no respetaba mi cuerpo ni mi deseo de tener un amor puro. Para mí este cambio tampoco habría sido posible sin Dios. Él me dio las fuerzas necesarias para empezar de nuevo, para ser pura otra vez y empezar a vivir la castidad.

Aprendí que la única verdad en un noviazgo y la única manera de ser realmente felices es cuidando el amor día a día, construyendo una relación basada en el valor del respeto y alejándose de las tentaciones que vienen de la curiosidad por probar las relaciones sexuales antes del matrimonio.

Por eso, si hoy me preguntan si soy verdaderamente feliz, puedo responder con convicción y firmeza: ¡SÍ! ¡SÍ! ¡SÍ! Gracias a la castidad he reconciliado mi pasado, he cortado de raíz aquellas situaciones en las que me sentía como una esclava, y hoy me siento libre y pura, con un gran anhelo de luchar todos los días de mi vida por amar en la pureza a ese hombre que me va a esperar hasta el altar. Quiero que lo único blanco y hermoso ese día de mi matrimonio no sea solo mi vestido, si no también mi corazón totalmente puro y transparente, dispuesto a amar de verdad.

C. M., 18 años, Colombia. Testimonio escrito para La Opción V.

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