¡Estaba tan aferrada a él! ¡Pero logré liberarme!

Tuve a mi primer enamorado a los 12 años y estuvimos juntos 3 años. Cuando él terminó conmigo porque aunque le di demasiado finalmente me negué a darle TODO de mí, fue muy difícil para mí estar sin él. ¡Estaba tan aferrada! Quería saber todo el tiempo de él, qué hacía, con quienes estaba, dónde estaba. Revisaba su muro del Facebook a cada rato, los de sus amigos; a veces, lo llamaba desde otros celulares y colgaba, y así… no podía estar tranquila.

Hablamos muchas veces, pero siempre terminábamos discutiendo. Intentamos ser amigos, pero jamás resultó, pues una amistad auténtica implica buscar lo mejor para el otro, implica confianza, comunicación, y con él no existía eso. Había, además, muchas heridas que necesitaban ser curadas.

Pero, ¿por qué estaba tan aferrada? ¿Qué me hacía estar tan atada a él? ¿Por qué creía que no podía vivir sin él? Pude responder estar preguntas después de escuchar una charla sobre la Castidad. Entendí que el haber tenido juegos sexuales con él, caricias íntimas, había hecho que, con el tiempo, el poco amor que había al comienzo desapareciese y que todo empezase a girar en torno a eso, en torno a una búsqueda incesante de placer, de usarnos mutuamente para satisfacernos. La verdad, para ese entonces yo ya no estaba con él por amor, sino porque “lo necesitaba”, porque tenía miedo de perderlo (signo de que en realidad ya lo había perdido), miedo a quedarme sola, a que me dejase llevándose algo que no le pertenecía.

Luego de aquella charla entendí que yo no podría avanzar, curar mis heridas, empezar a amarme a mí misma y a los demás, si no era radical al dejar esa relación, si seguía en ese círculo vicioso de hablarle aun cuando ya no tenía sentido hacerlo, cuando era evidente que esa relación era tóxica, dañina, cuando no había futuro alguno en esa relación. Luego de eso, el día de mi cumpleaños, se apareció en mi puerta trayéndome un regalo. Yo ya había tomado la decisión de decirle que no me hablase más y que no me pidiese explicaciones, porque no se las daría. Decidí no darle explicaciones porque sabía que si lo hacía, corría el riesgo de que con sus argumentos y manipulaciones terminase convenciéndome para no hacerlo. Fue difícil, porque era mi cumpleaños y él, “muy amablemente”, había ido a saludarme y traerme un regalo. ¡No podía dejar que un detalle me hiciese cambiar de opinión! ¡Cuántas veces caemos en eso! Cedemos ante una rosa, un peluche, un regalo que jamás tendrá más valor que nuestra propia dignidad. Me mantuve firme y le dije que había tomado la decisión de ya no hablar más con él y que no quería que me preguntase por qué. Le deseé lo mejor y me despedí. Él se fue enojado. Él no entendió mi “no me hables más” y continuó mandándome mensajes. Primero empezó diciéndome que lo había hecho sentir mal, que le “dolía” toda esta situación. Intentó hacerse la víctima, hacerme sentir pena por él o sentir culpa. Yo no le respondí.

Después de un tiempo, me mandó otro mensaje diciendo que tenía algo para mí, me propuso vernos para entregármelo. Esta vez intentó hacerme sentir curiosidad. Yo me mantuve firme, una vez más, y no le contesté.

Luego me pidió que le devolviese un libro que me había prestado hacía tiempo. ¡Claro! Aquí ya era algo mucho más serio, implicaba ser responsable con lo que me habían dado y devolvérselo a su dueño. Sin embargo, era obvio que solo era una excusa. Había pasado meses desde que me lo había dado, y nunca le había parecido tan importante. Yo me mantuve firme y no contesté.

No voy a mentir y decirles que fue fácil, pues no lo fue. Me costó muchísimo, pero si no respetaba yo misma lo que le había dicho, ¿cómo iba a esperar que él me respetase? Si tanto intentaba hablar conmigo, era porque pensaba que en algún momento iba a ceder.

Muchos chicos saben que tienen ese “poder” sobre nosotras, nos terminan y luego esperan que volvamos corriendo, suplicando volver, o les terminamos y piensan que es “cuestión de tiempo” para que los extrañemos y nos olvidemos de nuestras decisiones… muchos creen que nuestro “se acabó” es tan solo un capricho, y que se nos pasará apenas los veamos nuevamente… ¿y saben qué? ¡Muchísimas veces tienen razón! ¡Cuántas veces les terminamos dando infinitas “nuevas oportunidades” a chicos que no se las merecen, solo porque no soportamos estar sin ellos! Por eso yo decidí mantenerme firme, no ceder ante su insistencia, al chantaje, a la presión, a la manipulación emocional y también a mis propios sentimientos que muchas veces me jugaban en contra. Yo, por mi propio bien, decidí luchar y mantenerme firme en mi decisión. Y solo había una forma de hacerle entender que mi “se acabó” era en serio: ¡no responderle más!

¿Cómo logré mantenerme firme? Pues recordando constantemente las razones por las que le había dejado de hablar. Además de esto, procuraba distraerme, mantenerme ocupada y, especialmente, estar con mis verdaderos amigos.

¡Hoy les puedo decir con alegría que valió la pena aquella lucha! Hoy soy libre y no estoy ya atada ni aferrada a nadie. Miro atrás y puedo contarles esto a ustedes con mucha tranquilidad, sin llorar, porque tengo un corazón sanado. Él ya no es más que un recuerdo de mi pasado, y puedo decirles que a pesar de lo que creía en ese momento de mi vida, sí pude sobrevivir y vivir sin él. Más aún, hoy soy plenamente feliz porque he aprendido qué es el verdadero amor.

A quienes estén pasando por un momento como el que yo pasé y deciden terminar con una relación dañina, quiero aconsejarles que no se trata de hacer que la otra persona entienda nuestra decisión (eso nunca va a pasar en estos casos), sino que nosotras mismas nos esforcemos por entendernos, entender por qué es importante tomar decisiones radicales (como no contestarle más o no verlo más), asumirlas y mantenernos firmes en ellas. Una vez que yo entendí que hablar con él no tenía sentido, que no me hacía bien y que lo único que hacía era mantenerme atada y aferrada a él, entendí que debía dejarlo ir, que solo me estaba haciendo daño a mí misma y que, si seguía así, no iba a poder ser libre para amar y ser amada de verdad.

En todo este proceso debo decir que optar por la Castidad me hizo libre, y que esta opción me ayudó a entender que solo depende de nosotras, de nuestra firmeza, de nuestra radicalidad, de nuestro Sí al Amor, para volver a empezar y ser realmente felices.

Anónima, 18 años.

Testimonio escrito para La Opción V

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1 comentario en «¡Estaba tan aferrada a él! ¡Pero logré liberarme!»

  1. en mi caso ha sido muy difícil mantenerme firme yo decido terminar el jamas me busca siempre soy yo la que insiste, y a las finales solo me destruyo mas

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