“A los doce años tenía muy claro que podía tener relaciones, que solo debía cuidarme”

“A los 8 años ya sabía que ´debía cuidarme´ con pastillas y condones”

Recuerdo el día que mi profesor de segundo grado (yo tenía 7 años) nos explicó cómo era que veníamos al mundo. Sudaba muchísimo y parecía un poco nervioso, buscando la mejor manera de explicarnos cómo sucedían las relaciones sexuales entre nuestros padres, de las cuales nosotros éramos el fruto.

A los ocho años ya escuchaba sobre los métodos anticonceptivos. Aunque no entendía muy bien sobre las relaciones sexuales, ya sabía que debía cuidarme con esas pastillas o condones aunque no me importaba mucho porque aun estaba muy pequeña para esas cosas. Pero poco a poco el bombardeo crecía.

Recuerdo que cuando estaba en tercer grado mi hermano mayor por tres años (sexto grado) tenía que hacer un trabajo extenso sobre los métodos anticonceptivos. Para su trabajo buscó muchos recortes y publicidad, e incluso le pidió a mi papá que le regalara un condón para pegarlo en su trabajo. Me hicieron creer que todo esto era tan bueno como decirle “no” a las drogas.

A los diez años, y sin aún entender bien esto de las relaciones sexuales, yo ya sabía que si no me “cuidaba” podía tomar una “pastilla del día siguiente”. De cualquier forma, no usar un condón provocaría que quedara embarazada y con ello arruinaría mi vida.

Finalmente, al entrar en la adolescencia (a los 12), todo empezó a complicarse para mí. Tenía muy claro que podía tener relaciones pero solo debía cuidarme. Era algo muy natural, y me parecían sumamente estúpidas las chicas que salían embarazadas cuando había tantas formas de impedirlo.

Mis papás estaban de acuerdo con los métodos anticonceptivos y nos hablaban de ellos como algo positivo. Parecía que se sentían como si estuvieran salvándonos la vida y a mi hermano le regalaban condones. Conmigo y mis hermanas se mostraban un poco más recelosos por ser mujeres. Lo cierto es que toda esta enseñanza recibida sobre los condones y anticonceptivos sembró en mí la idea del libertinaje, que el sexo era meramente placer y que no tenía de qué avergonzarme si lo hacía a mis doce años.

En el colegio, en octavo grado (cuando tenía 13 años) nos dieron en el colegio una materia obligatoria por ley: “educación de la salud”. En ella nos explicaron sobre los métodos anticonceptivos, las enfermedades de transmisión sexual y lo malas que éstas podían ser si no nos protegíamos. Total, aunque yo ya pensaba que tener relaciones sexuales era algo natural en la adolescencia y que en algún momento “iba a suceder”, me daba miedo porque no quería enfermarme o “quedar embarazada” por un descuido o porque el condón falló. Con eso comenzó un gran temor hacia el sexo. Lo veía como algo bueno, deseable, pero peligroso a la vez. Comencé a sentir en mí misma el descontrol entre el miedo y los deseos, y tomaba mucho tiempo de mi día pensando en el placer que me podía proporcionar.

Para mis 14 años yo ya había tenido 3 enamorados. Todos los chicos fueron de mi misma edad. El primero a los 8, fue prácticamente un tonteo. El segundo fue a mis 13 y el siguiente a mis 14 años. Con estos dos últimos ya el tema del sexo era un tema común, pero no era algo que se hablara de frente. En ninguno de los casos cedí, porque no era algo serio. Sin embargo, no sé cómo hubiera reaccionado si me lo hubieran pedido de frente, como sé que a algunas chicas de esa edad ya sus enamorados se lo piden. Supongo que en mi caso se habría dado con el tiempo, pero en ese momento la lucha era solo conmigo misma, en mi mente y fantasía.

A esa edad (14 años) comencé a ir a clases de Primera Comunión y leyendo el Catecismo entendí que lo que estaba pensando no estaba bien. ¡Por primera vez escuchaba algo diferente, que me decía que no todo era tan bueno como nos hacían creer! Fue entonces que decidí intentar controlar mis pensamientos y acciones, pero el solo deseo no era suficiente. Era una lucha diaria conmigo misma y con mi cuerpo. Escuché de un hombre la anécdota de lo bien que se había sentido después de ofrecer rezar un Rosario diario a la Virgen. Yo comencé hacerlo y le pedí muchas fuerzas y control. A la semana me sentía totalmente diferente, ya no era una lucha sino una motivación, fue como si la Virgen María me hubiera bañado de su pureza y castidad.

La castidad no es solo abstenerse ni reprimirse, sino vivir en Dios la grandiosidad de la pureza. Es una sensación indescriptible donde solo cabe la idea de un amor puro y verdaderamente libre, tus pensamientos son diferentes porque de lo físico pasas a lo emocional. El noviazgo ya no es “esa cosa que me puede perjudicar” sino una relación respetuosa que nos puede hacer madurar tanto a él como a mí.

La larga explicación que les he dado sobre el efecto que causó en mí la temprana explicación sobre los métodos anticonceptivos y “su uso imprescindible” no es para que se enteren de mi vida, sino para que entiendan el daño que nos puede causar a los niños y adolescentes cuando se nos “informa” sobre estas cosas aun sin decir “ten sexo” y sin darnos una orientación moral adecuada. La educación sexual que se nos imparte ya desde niños, en un afán de prevenir embarazos no deseados y ETS, lo que causan son más casos de embarazos indeseados y una mayor propagación de las ETS por el aumento de la actividad sexual entre los jóvenes.

Es evidente que al darnos un condón o una pastilla no nos están diciendo “espera”, sino que nos están diciendo: “ten sexo, no importa esperar, solo cuídate”. Ante este condicionamiento de los niños y adolescentes, es nuestra responsabilidad ofrecerles otra perspectiva y ayudarlos desde pequeños a amar de verdad.

Acudamos a Dios y acobijémonos en el que él nos ayudara. Si fallan vuelvan a levantarse. El no se cansa de perdonarnos, no nos cansemos nosotros de pedir perdón. Dios tiene dispuesto a alguien para cada uno/a de nosotros, oren por esa persona aunque no la conozcan todavía o no sepan si el novio o novia que tiene es aquel con el que compartirán el resto de sus vidas.

Para mí la Virgen María es como un ejemplo a seguir como mujer. San José también fue un hombre puro que supo amar y respetar a su esposa, de él pueden conseguir mucha ayuda los chicos. La castidad puede ser difícil pero para mí se volvió mucho más fácil al ir de la mano de Jesús y la Virgen María. Si aun tienen dudas o sienten a veces que lo que están haciendo es tonto, pidan fortaleza que Dios: Él siempre está allí, en las buenas y en las malas. No dejen de orar y en verdad les recomiendo la oración del Rosario con mucha fe, ella los acompañara en este camino lo que sea necesario.

R. T., Venezuela, 19 años.

Testimonio escrito para La Opción V

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