La adicción de Ariel Castro

“Creo que soy adicto a la pornografía hasta el punto de ser tan impulsivo, que no me doy cuenta de que lo que estoy haciendo está mal”.

Es difícil imaginar o comprender la depravación en la que puede caer un hombre como Ariel Castro. ¿Quién es él? Es el hombre que fue detenido este año (6 de mayo del 2013) en Cleveland, Ohio, por secuestrar y mantener cautivas en el sótano de su casa a tres jóvenes mujeres para usar y abusar sexualmente de ellas a su antojo, durante poco más de diez años. A una de ellas la embarazó cinco veces, y a punta de golpes la hizo abortar en cada ocasión. A otra le permitió tener a su hija, que nació sin asistencia de ningún tipo. Es ella la que, motivada por el amor a su hija, logró finalmente pedir ayuda y ser rescatada, junto con su hija y las dos otras mujeres que con ella compartían esta pesadilla diaria. Pueden ver un documental sobre este caso en YouTube: http://www.youtube.com/watch?v=y8mhDtgnOhY

Amanda Berry, una de las cautivas, tomó el coraje de pedir ayuda por amor a su hija, cuyo padre es Ariel Castro
Amanda Berry, una de las cautivas, tomó el coraje de pedir ayuda por amor a su hija, cuyo padre es Ariel Castro. Aun cuando esta niña no es fruto del amor, ella es inocente e inmensamente amada por su madre. 

Ariel Castro, de origen latino, era un hombre conocido en su barrio, un vecino común y corriente. Sin embargo, su cinismo le permitió mantener encerradas a estas mujeres por más de diez años sin que nadie a su alrededor sospechara nada, ni parientes, ni amigos, ni vecinos. Su doble vida ha resultado ser para muchos que lo conocían algo realmente increíble.

¿Pero cómo llegó a esta situación? La semana pasada, cuando fue sentenciado a cadena perpetua más mil años de cárcel, Ariel Castro confesó en una corte en Cleveland:

“Creo que soy adicto a la pornografía hasta el punto de ser tan impulsivo, que no me doy cuenta de que lo que estoy haciendo está mal”.

No es el primero que hace una semejante confesión. También Ted Bundy, un “ciudadano común”, brillante estudiante de derecho que sedujo, violó y asesinó salvajemente a unas 50 mujeres, había confesado en una única entrevista dada en 1989, horas antes de ser ejecutado en la silla eléctrica, que la pornografía violenta había desempeñado un papel importante en la ejecución de sus crímenes sexuales:

“Sucedió en etapas, poco a poco. Mi experiencia con la pornografía en general, y con la pornografía que presenta un nivel alto de violencia sexual, una vez que te vuelves adicto a ella —y esto lo veo como una especie de adicción igual que otros tipos de adicción— comienzas a buscar todo tipo de material con cosas más potentes, más explícitas, más gráficas. Hasta que llega un punto en el que la pornografía no puede ofrecerte más y comienzas a preguntarte ´¿cómo sería si lo hago en realidad?´”

La pornografía no es inofensiva. Causa no sólo una deformación en la percepción que se tiene de la persona —que se torna cada vez más en un objeto sexual— y de la sexualidad humana —que se torna cada vez más en un mero ejercicio genital para alcanzar el máximo placer sensual—, sino también un paulatino embrutecimiento del hombre que se vuelve dependiente o adicto a ella.

La alegada adicción de Ariel Castro no excusa sus acciones, pero son una explicación que no puede pasarse por alto. Pone una vez más sobre el tapete el tema de la pornografía, que lamentablemente se ha convertido de un tiempo a esta parte en algo tan “normal” y “aceptable”, cuando en realidad es una plaga que devora el alma y un veneno que deforma silenciosamente a quienes la consumen, mayoritariamente hombres, pero también cada vez más mujeres. Esta plaga es ahora tan asequible que es accesible a niños de ocho o nueve años. Basta que tengan un dispositivo electrónico apropiado (celular, ipad, computadora, etc.) y conexión a internet para que puedan acceder a todo tipo de material, de modo gratuito y anónimo. ¡Es tan fácil y está tan a la mano!

Cada vez es más irrazonable e irresponsable argumentar que el uso de la pornografía es siempre inofensiva o que no causa víctimas. Mary Ann Layden, de la Escuela de Psiquiatría de la Universidad de Pennsylvania, escribió sobre los resultados que arrojó un estudio:

“Todos los tipos de pornografía (“blanda”, “dura”, “violenta” o violación) se correlacionan con el uso de la coerción verbal, las drogas y el alcohol para forzar sexualmente a las mujeres. La probabilidad de obligar sexualmente a una mujer se correlacionó con el uso de pornografía dura, violenta, y violación. La probabilidad de violar a una mujer se correlacionó con el uso de todos los tipos de pornografía, incluida la pornografía blanda o suave”.

La pornografía destruye moral y espiritualmente a las personas, afecta o determina su comportamiento hacia otras personas. La pornografía distorsiona las relaciones entre las personas, produce miradas y mentes enfermas, que sólo ven a la otra o al otro como un objeto sexual. La pornografía tiene el efecto de convertir poco a poco al hombre en un “predador sexual”. En la mente de Ariel aquellas jóvenes dejaron de ser personas, hijas de alguien, para convertirse en sus presas, en su posesión, en animalitos o “conejitas” de las que podía disponer a su antojo para satisfacer sus fantasías y “necesidades” sexuales, alimentadas día a día por la pornografía.

La pornografía es la nueva y silenciosa “droga” que debe ser combatida en nuestros tiempos. Jamás podemos pensar: “a mí no me va a afectar”, “sólo es diversión”, “no le hago daño a nadie si lo veo a solas…”; nada de eso es verdad. Sí te afecta, sí te haces daño a ti mismo, a ti misma, sí le harás daño a la persona o las personas con las que te relaciones, no es sólo un “entretenimiento”. ¡Es una trampa y un veneno!

P. Jürgen Daum, Director de La Opción V

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