¡En la castidad está la verdadera revolución sexual!

Soy un hijo de Dios, orgullosamente Católico, con más de 50 años de edad, felizmente casado por más de 25 años con una Mujer fabulosa y llevamos 35 años como Novios. Soy arquitecto de profesión, con 27 años de experiencia y somos Padres de dos ¡espectaculares! Hijos. Nuestra Hija mayor tiene 22 años de edad y nuestro Hijo menor tiene 17 años de edad. Nuestros dos Hijos, han decidido espontánea y libremente vivir “La Opción V”, lo cual nos llena de orgullo, no solo por las bendiciones que este hecho ha traído a la Familia, sino también, porque son nuestros hijos quienes nos dan el buen ejemplo.

De joven, nunca tuve una invitación clara y directa de ser, o no, casto. Nací y crecí en un ambiente socio-cultural donde la moda era la de ser literalmente libertino. Inspirado y fuertemente influenciado por el movimiento “hippie” de los años 60’s. El ambiente de ese entonces incitaba a tener relaciones sexuales desde muy temprana edad, a consumir drogas alucinógenas, a tener experiencias de todo tipo sin restricción,  sin moral, sin ley y sin religión. (Esta situación, no es muy diferente a la que se vive hoy en día). Como consecuencia de esta realidad, podemos encontrar un alto porcentaje de hombres y mujeres de mi generación, afectados emocionalmente por estas vivencias, perturbados en lo más profundo de su corazón, temerosos de amar, imposibilitados de tener una sana relación sentimental. Muchos de ellos ahora están divorciados, viven en la más oscura soledad  y difícilmente podrán reconstruir su vida.

Recuerdo que, durante mi adolescencia y juventud, oré mucho a Dios para que me enviara una mujer hermosa, con rasgos de princesa, buena, creyente, que no me fuera a ser infiel y Dios así me la envío. Sí, tuve la gran bendición de conocer y encontrarme con el amor de mi vida muy joven, quien ahora es mi Esposa. Esto no quiere decir que no tengamos problemas, ni desafíos, ni crisis, pero debo reconocer que Dios escuchó mis plegarias y soy un bendecido, pues tengo como Esposa, a la mejor mujer del mundo. Definitivamente ¡es un regalo de Dios!

Esta bella relación me protegió de caer en ese círculo vicioso, en el que muchos de mis amigos y contemporáneos quedaron atrapados. Hubo muchas personas, circunstancias y vivencias personales que me ayudaron a valorar la virtud de la castidad en mi juventud, en especial el hecho de haberme acercado a Dios.

El ser casto requiere de mucha personalidad, valentía, fortaleza y la gracia de Dios. La “pureza” es el mejor regalo que le puedes dar al amor de tu vida y, en el caso de nosotros los creyentes, es el mejor regalo que le puedes dar a Dios. ¿Por qué lo digo? Porque doy fe que Dios es amor y en Dios he encontrado la verdad, el camino y la vida, tal y como nos lo dice el Señor Jesús. Doy fe que, en el amor, se puede encontrar la verdadera sabiduría; en el amor, están contenidas todas las verdades de la vida y de la existencia humana. El amor es la única y verdadera riqueza, que rige todo el universo. No hay nada que se le parezca. Todo lo que hagas por amor y con amor, repercutirá positivamente a lo largo de la historia. El amor de Dios es la fuente de la verdadera paz y de la verdadera felicidad; el amor de Dios se encuentra de manera generosa a través de la gracia de la “castidad”, así sea posterior a un proceso de conversión. Hay que vivir intensamente el amor, pero sin perder su esencia, de manera impecable, original, limpio, puro, sin mancha. Como dice el refrán popular: “No se ensucia el agua, con la que luego se va a saciar la sed”.

Hay que vivir el amor, como nos lo dice San Pablo: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás”. (1 Corintios 13).

Si vives en castidad, nacerá el verdadero amor en tu corazón, porque antes que en el cuerpo, la castidad debe nacer en el corazón; en respuesta al llamado del verdadero amor. Al ser casto de corazón, se es casto de espíritu, al ser casto de espíritu, se es casto de cuerpo y el cuerpo, es el Templo del Santo Espíritu de Dios. Son muchas las gracias y bendiciones que se reciben al optar por la castidad, a imitación del Señor Jesús, a imitación de María Santísima, a imitación de San José, a imitación de todos los Santos. Sabemos tanto, que nuestro mayor pecado es la ignorancia, porque no nos tomamos la molestia de aprender con humildad: lo sabio, lo bueno y lo verdadero.

Debemos reconocer que en la “castidad” está la “verdadera revolución”, que va a cambiar el mundo de su ruina. Este es mi testimonio, esta es mi convicción y al igual que nuestros Hijos, quiero ser ¡casto a los 50!

Pedro Antonio Valenzuela, Bogotá, Colombia.

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