¿Vivir la castidad en verdad vale la pena?

Hace poco más de un año decidí hacer mi promesa de castidad partiendo con un pensamiento o ilusión de que esta decisión sería “color de rosas”, la decisión más sencilla y fácil de toda mi vida. Hoy, 1 año y 2 meses después, puedo afirmar dos cosas:

  1. Efectivamente ha sido la mejor elección que he tomado hasta el momento;
  2. No resultó ser nada fácil.

Pero con esto último no quiero asustar a nadie. El que sea difícil no quiere decir que sea imposible. Al contrario, lo veo muy claro: sí es posible vivir la castidad cuando buscamos un amor verdadero. Tengo también muy claro que lo bueno es aquello por lo que de verdad vale la pena luchar.

Quiero contarles un poco más de mi experiencia con los puntos 1 y 2 que mencioné antes. En un principio me motivó la idea de un amor real y por eso pensé que iba a ser algo muy sencillo. Siempre he sido una persona cursi” y al ver el amor verdadero que se tienen mis papás es que yo también guardo un anhelo grande de vivir un amor verdadero. Por esa razón es que sé que tomé la decisión acertada de realizar mi promesa: es un acto de amor y de compromiso hacia mi futura esposa.

Yo aún no la conozco, es más ni tengo enamorada o novia. Pero tengo una certeza absoluta de que la amo y lo que siento es algo real y sincero. Desde ya quiero prepararme para ser el mejor esposo para ella y para eso quiero serle fiel desde ya gracias a la castidad.

No sé en cuanto tiempo ella se cruzará por mi vida, incluso no sé si ya la conozco. Yo solo espero el momento en que tenga la certeza: “ella es”.

Pero con el tiempo que ha pasado es que me di cuenta de lo difícil que puede ser esta decisión y lucha. Ese anhelo de vivir un amor verdadero podría jugarnos una mala pasada. El ver que pasa el tiempo y ese alguien especial aún no se cruza en nuestro camino podría hacer que perdamos la paciencia y la esperanza.

Cuando eso me pasa empiezan a asaltarme varias ideas en la cabeza: “¿Esto en verdad vale la pena?”; “¿Será que sí se puede?”; “¿Será que hay alguien para mí?”.

Me da pena reconocer esas preguntas que han pasado por mi cabeza, pero es la verdad. Ese es el obstáculo más grande con el que me ha tocado lidiar. No he dudado de la existencia del amor porque es algo que puedo sentir todos los días, veo el amor que tiene mi familia hacia mí, ese aprecio que recibo de mis amigos y por supuesto el amor de Dios que veo en todas las circunstancias concretas de mi vida. Al mismo tiempo, yo devuelvo amor a quienes me rodean. Por lo tanto, no dudo de la existencia del amor. Sería un ciego y un tonto si pusiese en duda la existencia del amor.

Pero la impaciencia me hace perder la razón y en ocasiones consiento que esos pensamientos minen mi confianza. Pero Dios, en ese amor que me tiene, ha salido a mi encuentro. Cuando veo que esos pensamientos empiezan a aparecer recurro hacía Él. Lo busco en el Santísimo Sacramento y allí me quedo conversando con Él. Le cuento mis problemas, le cuento mis angustias y mis inseguridades… ¡y Él me escucha y me responde!

Sé que suena a frase trillada, que la oración es poderosa, pero cuando uno la vive en carne propia es que termina por convencerse de que es cierta, cuando uno ve cómo actúa es que se alejan todas las dudas.

Allí, conversando con Dios, recupero mi confianza y veo como Él me dice que “tenga paciencia, tenga fe”. Y yo le creo. Sé que ya llegará esa persona y al caer en cuenta de esa verdad es que mi corazón se tranquiliza.

No sé cuándo llegará, pero acá la estoy esperando. Desde ya me estoy preparando con la certeza de que la amo y que mi decisión fue motivada por ese amor tan grande que siento. Solo es cuestión de tener paciencia y fe. Es difícil, pero sé que vale la pena porque después de todo esta es la mejor decisión que tomé: vivir un amor real, sincero y verdadero. ¡Sí se puede!

Oscar C., Costa Rica, 25 años.

Testimonio escrito para La Opción V 

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