Tenía que decidir entre perder a un chico o perderme a mí misma

Tenía 17 años cuando me enamoré por primera vez. Él era algunos años mayor que yo. Estaba tan enamorada que pensaba que él iba a ser el chico con el que me iba a quedar para siempre, que él era el verdadero amor de mi vida, que él iba a ser el hombre con el que formaría un hogar. Hablábamos siempre, me divertía y reía mucho con él, y mi corazón se ilusionaba cada vez más.

Un día me propuso tener relaciones sexuales “cuando cumpliésemos 1 año y medio o cuando estuviésemos ‘buen tiempo’ juntos”. Eso me dejo fría. Al instante dije que NO, pero luego lo dudé. Pensé que mi idea de llegar virgen al matrimonio probablemente era muy exagerada. Por no perderlo y por tratar de justificar su propuesta, pensé que si lo hacía no era malo, más aún si todos lo hacían y si me esperaba más de un año.

Por otro lado, yo era una de las pocas chicas vírgenes de la universidad y pensaba que si lo hacía pasado un año no sería una “chica fácil” como tantas otras. Escuchaba en la universidad que muchas de mis amistades tenían relaciones y muchas perdían su virginidad con apenas unas pocas semanas o 1 mes de relación. Así me buscaba esos “argumentos” (o excusas) para tratar de callar la voz que dentro de mí me decía que algo no estaba bien y que huyera de esa situación.

Yo por supuesto no quería perderlo. Me dolía profundamente el solo pensar tener que alejarme de él, pues estaba realmente enamorada y pensaba constantemente en él. Pero tenía que decidir si perdía a un chico o me perdía a mí misma y mi sueño e ideal de llegar virgen al matrimonio.

En ese entonces estaba conociendo a Dios y su Palabra. Empezaba a orar a solas en mi habitación, a visitar el Santísimo frecuentemente y esforzarme por escuchar la voz de Dios en esta situación. Solo Dios me dio la fuerza para decir NO, un NO rotundo y no un “probablemente más adelante” ni tampoco un “no por ahora”, sino un NO radical. La verdad, no sabía cómo iba a lograrlo, le dije al Señor: “Padre mío, Dios mío, me rompo por dentro, pero te entrego mi corazón y mis sentimientos. Aunque él se vaya, no puedo hacerlo. Es inútil engañarme a mí misma con argumentos que sólo son excusas para hacer algo que yo sé que no está bien”.

Jesús me mostró cuánto valgo para Él, cuán importante y amada soy por Él. Descubrí que no estoy hecha para mendigar el amor de nadie. Miraba la Cruz y me decía: “por la Cruz soy amada y vale la pena morir por mí”. Sí chicas, sí chicos, Jesús a cada uno le dice: ¡“vale la pena morir por ustedes”! No se conformen con menos, con algo que parece amor pero no lo es: ¡no bajen sus estándares! ¡Vale la pena esperar no sólo un año ni dos, vale la pena esperar pacientemente por mí, por cada uno de nosotros, vale la pena respetarnos a nosotros mismos y no rebajar nuestra dignidad! Jesús me mostró mi valor, y mi valor está en ser hija de Dios, y como hija no puedo sacrificar mi integridad por el abrazo de quién no me valora a plenitud.

La verdad es que si decía que “sí” no lo perdería, pero solo por un tiempo. Al final tener relaciones sexuales iba a hacer que él quisiera estar más con mi cuerpo que conmigo. Cuando él se alejó entendí que realmente él no me quería, pues quien te quiere te espera y lucha por ti.

Al acercarme a Dios Él me regaló esta cita bíblica: “Disfruta pensando en el Señor y Él te dará lo que anhela tu corazón(Salmo 37:4). La palabra de Dios es más que una palabra bonita, es viva y eficaz, y lo que Él dice se cumple. Dios hacía que recordase profundamente el anhelo que mi corazón guardaba de amar y ser amada de verdad, el anhelo de formar una familia llena de amor. ¡Con cuántas ganas, cuando era menor, le decía a mi mamá que quería llegar virgen al matrimonio! Debía ser coherente con los anhelos de mi corazón, y Dios no puede darnos aquello por lo que no nos esforzamos. Así que le dije “NO. Aunque nos separemos, aunque te vayas y me dejes, no puedo renunciar a los anhelos de mi corazón por no perder a alguien a quien le interesa mi cuerpo más que mi corazón”. Nos separamos. No fue fácil, fue bastante doloroso.

Dios sabía que en ese momento y para toda mi vida iba a necesitar apoyo para vivir la castidad y conocí por internet a La Opción V. Leía testimonios, veía los programas de LOV en TV y dejé de sentirme sola. Cuando le preguntaba a personas cercanas a mí qué debía hacer, ninguna me decía que viviera la castidad, al contrario, la mayoría me decía que no tenía nada de malo tener sexo, que era mejor experimentar ahora que estaba joven. La sociedad te puede decir “experimenta, vive lo que quieras”, presentándote una falsa libertad que hace que te vuelvas esclavo de tus pasiones y pierdas el dominio, amor y respeto de ti mismo, lo que luego se ve reflejado en tu trato con los demás. La sociedad te dice muchas mentiras acerca de la sexualidad, te estimula y alienta a tener “sexo libre”, sin embargo no va a estar contigo cuando tengas el corazón roto, cuando veas tus sueños frustrados, cuando al entregarte sexualmente a alguien antes del matrimonio te expongas al riesgo de quedarte con un vacío y soledad enormes en tu interior.

La Opción V llegó a mi vida cuando más lo necesitaba. Tener a La Opción V era no sentirme sola en aquellos momentos tan dolorosos, era saber que no estaba loca, que la voz que Dios había puesto en mi interior era cierta. Haber hecho esta opción es tener ánimo y palabras de aliento cada vez que la lucha se hace difícil,  cada vez que la espera cuesta, es tener la mano de un amigo sosteniéndote cuando todos a tu alrededor te dicen que bajes tus estándares.

Poco a poco Dios me fue sanando y mostrando muchas cosas que no conocía (Jeremías 33,3: “Clama a mí y te mostraré cosas grandes e inaccesibles que tú desconoces”). Sin Dios definitivamente hubiera dicho sí a eso que pensaba que era verdadero amor pero en realidad era verdadero egoísmo. Al decirle NO él me dejó. Eso me rompió el corazón, lloré mucho, pero como dice la palabra de Dios: “Yo convertiré tu lamento en danza”. Jesús puso sanación y esperanza en mi interior. Chicas, es preferible que pierdan una pareja a que se pierdan a ustedes mismas.

Hoy, unos años después, siento que vivo la vida que siempre quise. A esta edad aún no me enamoro nuevamente, pero antes de eso siempre quise disfrutar la vida verdaderamente y hoy puedo decir que disfruto cada uno de mis días y la hermosa vocación a la medicina que Dios me ha dado. A los 21 años ya estoy en quinto año de medicina y con muchísimas ganas de ayudar mucho por medio de mi carrera. La castidad me ha enseñado a ver a las personas en toda su integridad como lo que son: hijos de Dios dignos de amar y ser amados en toda su integridad. Por eso es que trato a los pacientes que a diario atiendo con muchísimo cariño. Algunos de ellos hasta me han regalo detalles y bendiciones, y es por es por el ejercicio diario de la castidad que puedo donarme a ellos y donarme en el apostolado que realizó con mi comunidad, pues la castidad me ha enseñado a vencer mi propio egoísmo.

Sigo esforzándome por ser firme en mi propósito de vivir la castidad, en mi sanación personal en diferentes áreas de mi vida, en ser una mejor mujer cada día, un poco más en cada área de mi vida. Sigo esforzándome en la espera por mi futuro esposo y la familia que Dios quiere que forme.

Solo me queda decir muchísimas gracias Padre Jurgen, Marcela Palos y todo el equipo de La Opción V, son una gran Luz y bendición de Dios para mi camino.

Nadia, 21 años, Lima – Perú

Testimonio escrito para La Opción V

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