Caso real: “Un amor a distancia, en donde no fue la distancia lo que nos separó.”

 

Queridas personas:

Encontré esta página cuando me sentía miserable por algo fuerte que marcó mi vida y fueron sus testimonios los que me ayudaron a entender muchas cosas y me dieron la fuerza para levantarme. Les comparto mi historia con la esperanza de poder ayudar a alguien que esté pasando por un momento difícil. Terminé con mi novio [enamorado] hace algunos meses y hoy puedo decir que no me arrepiento de haber tomado esa decisión.

Hace casi un año asistí a una convención de jóvenes. En aquellos cinco días, donde todo fue felicidad y diversión, conocí a una persona que llegó a convertirse en alguien especial. Él era de otro lugar y, al verlo, me llamó la atención y comenzamos a conversar. Al terminar el evento, nos despedimos, pero seguimos en contacto. Hablábamos todos los días sin excepción. Comenzamos a vernos por una cámara, a platicar en las noches e incluso a dormir frente a la cámara o con el teléfono en la mano. No existía la distancia cuando se trataba de nosotros.

Dos meses después tuve la oportunidad de ir a visitarlo, de aclarar si lo que estaba sintiendo era amor o ilusión. Al vernos, lo primero que hicimos fue sonreír y abrazarnos. Conoció después a mi familia y lo invité a comer con nosotros. En ningún momento él me forzó a nada, fui yo la que tomó la iniciativa del primer beso.

El primer mes todo fue especial. Sonreía y me sentía la mujer más feliz a pesar de no estar físicamente a su lado. Y esa felicidad me duró muy poco. ¿Por qué? Porque comencé a provocar a mi novio. Empecé a ponerme blusas escotadas y shorts pequeños… preguntándole si le gustaba cómo me veía. Además, hablábamos de lo que nos gustaría hacer si estuviéramos de frente. Yo no veía malo el poder decirle a mi novio que lo deseaba, que lo quería besar y abrazar. Pensaba que, al no tener el afecto físico, hablando podríamos liberarlo.

Él era una persona reservada, tímida y le costaba expresar sus sentimientos, y yo, al no entenderlo, quería sentirme deseada por él. Es por eso que mis provocaciones fueron subiendo de tono y poco a poco él fue perdiendo el miedo a expresar lo que sentía al verme vestida de cierta manera, pero no me di cuenta de que lo único que estaba haciendo era motivarlo a que me perdiera el respeto.

Después de aquel día en el que me vestí provocativa, todo se me fue de las manos y me fue imposible volver atrás. Comencé por mostrarle la parte de arriba y empezaba a sentirme bien viendo que le gustaba, y como a mí me gustaba verlo a él, me sentía motivada a seguir provocándolo. El problema llegaba cuando él no comprendía lo culpable que me sentía por haber hecho eso, y poco a poco fue contagiándome con sus pensamientos: “Yo no veo nada de malo en hacer algo que es natural”.

Al principio de todo, yo era una persona con valores, que se sabía respetar ante todo y quien no había estado nunca con nadie por decisión propia. Pero las cosas cambiaron cuando mis provocaciones hicieron efecto. Yo no quería que él me tocara o se pasara, pero sin darme cuenta me estaba prestando a ello. Es por eso que, cuando él venía de visita, no podía resistirse a besarme apasionadamente, entre otras cosas.

Se sentía bien, pero mi conciencia me decía que debía mantenerme firme en el respeto por mí misma. Y al negar que me acariciara, él comenzaba a insistir indirectamente, poniendo las manos unos centímetros arriba, sin llegar realmente a tocarme. Me doy cuenta de que fue insistiendo tanto que opté por verlo como algo normal para tranquilizarme y permitir que pasara, porque realmente me moría de ganas de que esto sucediera.

Los meses pasaron y se complicó que viniera. Ya no tenía tiempo ni dinero. Sí podía salir con sus amigos, pero no tenía la intención de ahorrar para venir a verme o de mandarme un detalle. Poco a poco, la atención comenzó a disminuir. Empezaba a descuidarme y yo empezaba a molestarme… Desde el principio veía que, si estaba molesta o feliz, eso no era algo que a él le importara en lo más mínimo… pero estaba tan cegada de amor que me conformaba con una migaja de atención.

Pasaba el tiempo y yo me sentía triste. Él no me escuchaba, ya no me trataba como antes, y cuando le contaba cómo me sentía, me decía que para él todo estaba bien. Y yo, al estar enamorada, me convencí de que tenía razón y yo sólo exageraba. Fingía que era feliz, tratando de tapar las heridas pensando que eran ideas mías extrañas. Hasta que un día no pude aguantar más la tristeza. Yo tenía problemas, pero pensaba: lo arreglaremos. Y ese día comencé a pensar en mi felicidad, y concluí que lo mejor sería terminar. Pero no tenía el valor de hacerlo porque no quería perderlo.

Mi ex-novio me colocó una venda… yo estaba cegada y no me daba cuenta de lo mal que la estaba pasando. Él me hacía sentir sola en el día, pero me llenaba de amor en las noches. Me sentía tan bien cuando me decía cosas bonitas, que olvidaba lo mucho que sufría en todo el día cuando apenas me hablaba.

Sin darme cuenta, estuve atada al sufrimiento durante meses, cuando la otra persona lo único que quería era estar con mi cuerpo y no conmigo. En el momento en que comenzaron los juegos sexuales, el amor desapareció. Yo no quería tener relaciones por cuestiones de religión, pero en realidad no sabía por qué la espera era tan importante… no lo entendía.

Mi relación, al volverse física, provocó el completo desinterés de él, a un punto en el que tenía que rogarle que me diera atención, y cuando estuve triste y lo necesité, nunca estuvo ahí. Me trató como basura, y seguí ahí porque, según yo, me amaba. Y ahora que lo pienso, jamás me había sentido tan humillada y tan poca cosa en toda mi vida. Esta persona me destruyó, porque, aunque no me quitó mi virginidad, manchó mi pureza, además de que se avergonzaba de mí y me escondía.

Yo seguía hablando con Dios, pero no quería escucharlo. Tenía miedo de que, si lo hacía, lo quitaría de mi camino. Me negaba a escuchar porque sabía en el interior que él era malo para mí, pero estaba tan obsesionada que lo ignoraba tratando de convencerme de que lo que hacíamos era normal, cosa de novios.

Pasaron los meses y la confianza llegó a un nivel muy grande. Me decía muchísimo que me quería besar y tocar en distintas partes del cuerpo, y como me gustaba oírlo, muchas veces le pedía que me lo dijera, y mientras más me lo decía, más me gustaba. Llegó un momento en el que no podía parar, necesitaba tenerlo de frente y dejar que me besara de la manera en la que me había descrito. Todo comenzó con un juego de palabras de: “no es que me deje, pero me gustaría que…”, y sin darme cuenta lo convertí en un deseo que no pude controlar cuando finalmente nos vimos.

Las ganas de estar juntos físicamente se apoderaron de nosotros. Fue tal el deseo que, a pesar de estar enojados días antes de que viniera la última vez, buscamos la manera de contentarnos para disfrutarnos el uno al otro unos días. Y me da vergüenza aceptar que llegué a ver a mi novio como un objeto que podía proporcionarme placer, así como él lo hizo conmigo.

En aquella última visita, el primer día que nos vimos estaba contenta, pero no podía dejar de pensar en qué momento íbamos a poder estar solos para empezar a besarnos, en lugar de disfrutar de su compañía. Me volví egoísta, me sentaba encima de él provocándolo, sabiendo que le era difícil contenerse, y todo porque estando en esa posición yo controlaba mi propio placer. Él quería tener relaciones, pero yo no quería. Él respetaba eso, decía que quería que lo hiciéramos pero que no quería que yo sufriera después por cualquier cosa que llegara a pasar, pero yo lo tentaba demasiado. Las caricias aumentaban. No sé si le valieron mis palabras de “no vayas a meter mano” o si, por más que intentó, no pudo contenerse. Y el haber permitido que me tocara fue la peor decisión que tomé en toda la relación.

Tiempo después, al darme cuenta de lo mucho que me había gustado cómo me tocaba, empecé a hacerlo yo misma. Al principio tenía miedo, sentía que era algo malo… pero mis amigas me contaban lo bien que se sentía y lo saludable que era “conocer el propio cuerpo” y, sabiendo que estaba mal, decidí hacerlo tomando las opiniones de mis amigas como algo tranquilizador.

El primer día que lo intenté me sentía terrible. Habían pasado varios días en los que él no me buscaba y me sentía muy sola. Y cuando logré sentir el mínimo placer, me sentí tan calmada y liberada que comencé a hacerlo más seguido.

Sabía que estaba mal, por lo que intentaba que fuera sólo una vez al día y no varias, según yo para controlar mis impulsos… pero me volví esclava de ello. Mi novio me había cortado y me sentía tremendamente sola, pero la masturbación me relajaba de tal manera que me hacía olvidarme de él. Me convencía de que no lo necesitaba para sentirme bien. Pero como seguía pensando en él, me moría de ganas de contarle lo que había hecho y de proponerle intentarlo juntos. Y la calentura fue tal que no me importó que ya no fuéramos novios y le mandé fotos y terminamos teniendo sexo por teléfono. Yo creía que al ser un “acto de amor”, podía fortalecer la relación y demostrarle lo mucho que lo amaba. Lo más triste es que en esos momentos tan importantes para mí, en los que se suponía que él estaba del otro lado de la línea, sentía que estaba sola. Se escuchaba mucho silencio, como si estuviera viendo la tele o durmiendo o viendo su celular. Traté de no tomármelo a mal, pero ahora me doy cuenta de que él ya no me quería. Estábamos “haciendo el amor” y yo sólo sentía que estaba sola como cualquier día, con una sensación de vacío inexplicable. Y a la mañana siguiente las cosas regresaban a la normalidad, en la que ni siquiera me mandaba un mensaje de buenos días…

Esta persona fue mi primer novio. Yo no tenía idea de cómo un noviazgo [enamoramiento] debía funcionar y me enamoré de él hasta el punto en el que me menospreciaba y le entregaba más de mí con la idea de que las cosas cambiaran y comenzara a valorarme, pero eso nunca pasó. Decía comentarios que me lastimaban y me la pasaba llorando… Nunca me pidió perdón y cuando, finalmente, decidí terminar con él, ni siquiera me llamó. Me prestaba tan poca atención que los mensajes los contestaba cada tres horas y con palabras breves.

Nuestra relación fue de seis meses. Cuando cumplimos ese último mes, lloré porque me sentía más sola que nunca. Él no quería hablar conmigo… y cuando lo hacía, se quería ir a dormir al poco tiempo porque ya era tarde. Nunca tenía tiempo para mí y en lugar de encontrar un espacio en el día me llamaba a media noche. Yo creía que era normal no tener tiempo o que estuviera tan ocupado que no pudiera llamarme. Y los de mi alrededor me decían que me merecía mucho más, pero al no tener experiencia, pensaba que algunas cosas eran normales porque ninguna relación es perfecta.

El día que terminamos fue terrible. Después de haberme ignorado durante días con la excusa de que estaba de viaje y tenía otro horario y poca señal, me llamó borracho diciéndome que ya no quería nada conmigo “porque no podía tenerme y porque la distancia lo desgastaba”. Terminamos bien, pero a los pocos días volvió a escribirme. Se podría decir que volvimos, pero en realidad sólo estábamos juntos sin el título de novios, y yo me conformé con eso porque quería estar con él sin importar nada. El tiempo que estuvimos juntos sin ser nada fue un mes, aceptando ser la amiga con derechos sólo para tener un poco de su atención…

La verdad es que yo quería regresar porque aprendí a conformarme con lo que tenía, pero llegó un punto en el que dije: “Ya no aguanto más, no puedo con este sufrimiento que cada día me consume más, mi felicidad va primero”. Le dije que teníamos que hablar… y como siempre, esperé tres horas a que se dignara a ver mi mensaje. Me desesperé tanto que le mandé un mensaje diciéndole que ya no quería nada con él y lo único que me respondió fue un “OK”.

La mayoría del tiempo que estuve con él viví en pecado. Yo seguía hablando con Dios, pero los actos impuros estaban ahí y no se fueron hasta mucho después de terminar con él. Y seguía yendo a Misa y rezando, comulgando como si nada hubiera pasado. Tenía miedo de que mis padres vieran que estaba cometiendo este tipo de actos y me daba mucha vergüenza. Así que para tapar este comportamiento comulgué ignorando durante meses que estaba en pecado mortal. Sí me confesé un par de veces, pero era inútil, volvía a caer al poco tiempo. Y el día en el que cortamos me sentí bien porque al fin podría liberarme de aquellos actos impuros. Pero no fue tan fácil como pensé.

La masturbación era algo que me perseguía y que me sigue atormentando hasta hoy. Y me sentía tan sola y deprimida que recurría a ella para al menos sentirme bien por un momento. Además, ¿qué podía tener de malo si era normal sentirme así y si mis amigas también lo hacían? Lo justificábamos con que era un acto saludable y normal. Pero había algo que me daba mala espina.

Le conté a mi amiga acerca del presentimiento que tenía sobre ese acto y me confesó que se sentía igual, así que investigó sobre si era realmente pecado, porque ambas sabíamos que estaba mal pero no entendíamos por qué si al hacerlo no perjudicábamos a nadie.

Entendimos que es un acto de egoísmo porque, al practicarlo, nos concentramos únicamente en el propio bienestar, cuando en realidad fue creado para compartirlo con la persona que amas, y al hacerlo solos nos hacemos daño porque nos concentramos únicamente en nosotros mismos y nos olvidamos del otro.

Me propuse dejar de hacerlo porque estaba haciéndome daño a mí misma y a Dios. No fue nada sencillo, me caí muchas veces y aún sigo luchando con eso. Pero agarré fuerzas para levantarme diciéndole a Dios cada día: “Hoy seré fuerte, no sé qué será de mí mañana, pero hoy no voy a ceder”. Me proponía no hacerlo durante el día y la mayoría de las veces resultó porque me encomendaba a Él, reconociendo que soy débil y que sola me es difícil luchar. Y fue así como sané.

Tomé la iniciativa de regresar a Dios, pero esta vez estaba dispuesta a hacer las cosas bien, porque, aunque nunca perdí la fe, hice muchas cosas a mi comodidad. Tomé un retiro espiritual, en donde además de encontrarme conmigo misma, encontré a un amigo que me tendió la mano a pesar de la cantidad de veces que le fallé. Esta experiencia fue algo único en mi vida y me llenó plenamente. Me di cuenta del amor que Dios nos tiene, que Él siempre está ahí, tocando la puerta de nuestro corazón, y ya depende de cada uno de nosotros si lo dejamos entrar.

La felicidad que uno puede encontrar en Dios no se compara con las que podemos sentir en este mundo. En cada uno de nosotros existe esa necesidad de encontrarlo y saciar ese vacío que sentimos, que mucha gente equivocadamente intenta llenarlo cayendo en el alcoholismo, las drogas, la pornografía, etc.

Yo sé que esa sensación de vacío que sentimos en nosotros aun cuando lo tenemos todo se debe a que nos hace falta Dios. Algunas veces nos sentimos bien y nos olvidamos de rezar, de agradecerle por todas las gracias y bendiciones que nos da, y sólo nos acercamos cuando sentimos dolor y pasamos por malos momentos, cuando se dice que orar es necesario aun en tiempos de felicidad.

Después de tomar este retiro fui otra persona. Yo creí necesitar un hombre que me completara, pero salí de ahí consciente del gran amor que Dios me tiene, sin importar el daño que haya hecho, y me di cuenta de que su amor es más que suficiente para mí. Porque Dios me llena en todos los sentidos, es mi creador, mi padre, mi amigo, mi hermano. Es Él quien me acompaña y me protege, y es Él quien me motiva a compartir estas palabras. Es difícil explicar la sensación de felicidad que siento en estos momentos de mi vida porque sé que Él está de mi lado y que no va a abandonarme, que su misericordia es infinita y que siempre nos escucha.

Alejarme de mi ex fue la mejor decisión que he tomado en mi vida, pero ser su novia también, porque gracias a todo el sufrimiento por el que pasé aprendí a valorar a las personas. Me di cuenta de que Dios no podía entregarme al hombre indicado sin antes enseñarme algunas cosas… y gracias a todo lo que viví hoy puedo apreciar y valorar el amor de la persona que actualmente se encuentra a mi lado.

Dios quiere vernos felices y quiere lo mejor para nosotros, pero, “¿de qué sirve que nos mande al indicado si no sabemos cómo cuidarlo?”. Fue entonces cuando entendí que los tiempos de Dios son perfectos y que Él va a poner situaciones en nuestro camino para que podamos aprender a cuidar ese gran amor que nos tiene preparado y que, cuando menos lo esperemos, llegará.

 

Anónimo.

Testimonio escrito para La Opción V

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