Aprendiendo el amor verdadero

Este es un nuevo testimonio que nos permite comprender que la pornografía no es inofensiva, que deforma una recta mirada sobre las personas y la sexualidad, y nos incapacita para amar verdaderamente…

Mi historia comienza desde muy pequeño. Después de mi primera Comunión creció en mí el deseo de servir a Dios, solo que esa llama se fue apagando con el tiempo. Aproximadamente a los 12 años de edad, a la escuela llevaron una revista pornográfica y entre varios compañeros estuvimos ojeándola. A partir de eso mi afición por el sexo comenzó a crecer, no pensé que todo esto me haría tanto daño espiritual y humanamente.

Conforme fui avanzando en edad, ya las revistas no terminaban de satisfacerme. Cada día iba creciendo mi adicción, por lo que empecé a leer historias de contenido sexual mientras creaba las imágenes en mi mente y me metía tanto en la historia que era como si yo las viviera. Recuerdo que me masturbaba incluso hasta 3 veces en el mismo día. Creía que eso era la gloria, lo mejor del mundo, no me daba cuenta que mis relaciones interpersonales eran cada vez más decadentes mientras yo vivía en un mundo de satisfacción personal.

En una ocasión una profesora de castellano y literatura nos habló de lo hermoso que era llegar al matrimonio y con esa persona compartir esa entrega total de amor. Entonces me hice la promesa que mi primera relación sexual sería con una mujer que amara, compartiría solo con ella el don de la sexualidad. Sin embargo, para mí el masturbarme no era necesariamente una relación sexual, por tanto, no estaba faltando a esa promesa si lo hacía. Por otro lado, ver pornografía era como una especie de “investigación” que se convirtió en mi pan de cada día.

Poco a poco me introduje en la exploración de videos y películas, cada vez se hacía más necesario ver pornografía, el placer que sentía era tal que no podía negármelo. Cada vez más veía en la mujer solo la imagen de un objeto sexual. El concepto de amor se me borró de la mente, solo buscaba mi satisfacción personal y tenía poco contacto con los jóvenes de mi edad. Aunque iba a Misa y pertenecí a un grupo juvenil en la parroquia, en mi mente solo estaba satisfacer mi adicción a la pornografía.

Llegó mi etapa de decidir un camino, una opción de vida, así que empezó mí era universitaria, empezaron las rumbas (fiestas), alcohol, cigarrillo, mujeres en las que solo veía un objeto sexual, una inspiración para aumentar mis fantasías sexuales, pero ninguna con quien aventurarme en esa primera experiencia hasta que llegó una chica especial a mi vida. Creí que era amor, o tal vez sí lo era, pero no comprendí qué clase de amor era, y mucho menos lo dejé madurar.

Era el momento de cumplir mi promesa: con ella se dio la oportunidad que tanto había esperado y arruiné esa semilla que había empezado a surgir.

Después de ese primer encuentro sexual entre ella y yo todo cambió. Eso bonito que sentía por esa chica pasó a la necesidad de la satisfacción sexual, o tal vez siempre fue eso: mi satisfacción. Ya los encuentros que teníamos necesariamente terminaban en relaciones sexuales, pero, sin embargo, a pesar de ser satisfactorio, yo continuaba alimentando mi adicción con pornografía y masturbación. No podía controlarlo, ya era esclavo de la pornografía, aunque me sentía una basura, ya no valía nada.

Fue por un colapso pulmonar, por el que estuve meses hospitalizado, por el que empecé a despertar de esa pesadilla. Me empecé a acercar verdaderamente a Dios por medio de la oración. Luego asistí a un retiro espiritual, me dio un rayo de luz en medio de esas tinieblas y oscuridades que habían consumido mi vida. Creí que era tarde, que ya no valía nada, pero el amor de Dios fue y es más grande, me tomó de la mano y me ayudo a salir de esa basura en la que me había hundido. Terminé mi relación con esta chica pues ya podía ver en ella una hija de Dios y no podía continuar haciéndole tanto daño.

Después de ese retiro, eliminé de una la pornografía de mi vida. Fue Cristo quien me liberó de esas cadenas que me tenían prisionero.

Hoy tengo 27 años, estoy aprendiendo el amor verdadero y libre; mi lucha contra la impureza todavía sigue, pero ha sido la fuerza de Dios la que me ayuda día tras día. Muchas veces caigo y otras tantas me levanto con la gracia de Dios. Fueron tantas imágenes, videos, historias que introduje en mi mente que constantemente me siento invadido de pensamientos lujuriosos. Fueron tantas veces las miradas hacia la mujer como un objeto sexual que hoy me cuesta tanto sanar todas esas heridas.

Desde que inicié mi camino de vivir sanamente por medio de la castidad, mi espíritu, mi humanidad han sentido el verdadero gozo de amar. Hoy veo en la castidad esa capacidad de amar como Dios ama, e independientemente del estado de vida al que estemos llamados (matrimonio, sacerdocio, vida religiosa y consagrada, laicos comprometidos), es necesario y vital que nos aventuremos en este camino de “amar a Dios con corazón humano y al prójimo con ese amor divino”.

La lucha es dura, pero aunque tengamos caídas no podemos quedarnos allí tirados, ¡no! ¡Hay que llegar al final del camino! Hoy no quiero separarme de ese verdadero amor que estoy sintiendo, de esa libertad que se siente al servir a Dios, hoy estoy dispuesto a vivir la voluntad de Dios sea cual sea, solo les pido sus oraciones, yo también oraré por todos esos jóvenes a quienes estas palabras les lleguen y que como yo se encuentran luchando día tras día. Dios los Bendiga y María Santísima los cubra con su manto protector de Madre.

L. M., 27 años.

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Testimonio escrito para La Opción V

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