¿Y si ya no soy virgen? ¿Puedo recuperar lo que he perdido?

Aunque hayas perdido la virginidad, ¡sí puedes volver a empezar! Dios siempre te dará un nuevo inicio, una nueva oportunidad.

Cuando a las jóvenes que acuden a mí les he hablado de la castidad, de la importancia de esperar hasta el matrimonio, de lo importante que es reconocerse valiosa y esperar por la persona correcta, muchas veces me han mirado con cara incrédula. Algunas me han dicho:

“Doctora, qué bonito ese cuento de hadas, pero no es para mí. Mi mamá creía lo mismo que usted, se casó virgen y una vez que se casó, mi papá se transformó y la trataba pésimo. ¿De qué le valió a ella llegar virgen al matrimonio? Así que yo tengo que probar para que no me pase lo mismo”.

Otras me dicen:

“Yo creía lo mismo que usted, traté de cuidarme, de mantener los límites, pero un día tuve un tremendo problema en mi casa, llamé llorando a mi novio porque necesitaba verlo, me sentía sola, no sabía qué hacer. Nos juntamos, me abrazó, comenzó a hacerme cariño y la verdad es que comenzó muy suave y sutilmente y poco a poco me fue haciendo cariños cada vez más profundos. Yo lograba darme cuenta que estábamos pasando barreras, pero estaba tan mal y necesitaba tanto sentirme protegida, que no tuve la fuerza para decirle que no, y finalmente las cosas pasaron. Siento que algo se rompió en mí, y que ya no tengo cómo volver atrás. Con mi novio no tengo cómo frenar. Hemos roto y vuelto por lo menos unas tres veces, no logro superarlo y siento que ya no es lo mismo que antes, pero tampoco sé cómo solucionarlo”.

Entonces, ¿cómo hablarles de castidad a jóvenes que se encuentran con una sexualidad herida y desordenada, que ya han roto todos los límites y no pueden salir de una situación de dependencia?

Este es un duro y doloroso proceso de REHABILITACIÓN, y como todo proceso de rehabilitación el primer paso es reconocer que estoy en un hoyo, que no tengo cómo salir de él sola y que si sigo con la misma actitud, el hoyo va a ser cada vez más profundo.

Este reconocimiento o “abrir los ojos”, aunque doloroso, es vital porque nos permite ponernos en contacto con esa fuerza escondida del espíritu que cada uno de nosotros posee y que despierta un sentido de lucha que hasta entonces desconocíamos.

Habiendo dado este paso, es imprescindible encontrar personas que nos ayuden, amigas verdaderas que nos animen -digo amigas, porque si buscas ese apoyo en amigos, lo más probable es que te termines enredando en una nueva relación que tampoco te va a ayudar-, padres o profesionales de quienes necesitamos escuchar frases como:

“Yo creo en ti, yo sé que puedes, ánimo, no te voy a dejar.”

Necesitamos escucharlas porque cuando nuestra identidad está herida ya no somos capaces de creer en nosotras mismas.

Ahora bien, encontrar estas personas a veces puede ser difícil, sobre todo si estamos insertos en un ambiente donde todos parecieran estar en la misma, donde no hay personas que tengan el ideal de la castidad como camino a seguir, donde las parejas rotas abundan, y donde una vez más fidelidad y amor eterno parecieran ser palabras de lindas películas, pero no de la vida real. ¿Dónde encontrarlas, cómo buscarlas, si quiero hacer un cambio en mi vida, pero siento que no tengo el apoyo de nadie? Ante esta dificultad no te desanimes, búscalas, porque aunque pocas existen, y cuando las buscas verdaderamente verás cómo Dios las pone en tu camino.

En este punto del proceso, viene quizá el paso más importante de todos. Reconocer que necesitamos una ayuda que va más allá de nuestras fuerzas o de las fuerzas y del aliento que nos pueden dar verdaderas amistades: ¡necesitamos reconocer que necesitamos la ayuda de Dios!

Con motivo del pasaje del Buen Pastor, aquel que va en busca de la oveja perdida y herida, una joven una vez me dijo:

“En una oportunidad me sentí ovejita herida, que no podía seguir el ritmo del rebaño, sentía que el Pastor no se había dado cuenta que yo me quedaba atrás, y que poco a poco se alejaba. Antes de perderlo totalmente de vista, me puse a balar con todas mis fuerzas, a hacer “Beeeeeee” hasta que logré captar la atención del Pastor, entonces el Pastor al escucharme, se detuvo, se devolvió y me sacó de las ramas de las cuales yo no podía salir y como no tenía fuerzas, con infinito amor me cargó. Detuvo el rebaño y esperó hasta que yo recuperara mis fuerzas para poder seguir.”

Este caso nos enseña que cuando reconocemos nuestra debilidad, nuestra sexualidad herida, nuestra dependencia del cariño físico y de cobijo, es imposible que Dios no nos escuche y venga en nuestra ayuda cuando acudimos a Él. Pero lo importante es que hay que pedírsela con insistencia, con fuerza, desde lo más profundo del corazón, como lo hizo Pedro cuando se hundía en las aguas violentas y agitadas: “¡Sálvame, Señor!”

Cuando Dios escucha este clamor, una de las primeras cosas que le dice a nuestro corazón es:

“Tú eres una perla preciosa, finalmente te encontré. Yo no me quedo mirando tu pecado, tus errores, tu pasado, ¡yo miro tu corazón! Tu corazón es tan bello y tan increíblemente delicado que volvería a dar mi vida completa con tal de defenderte y de que estés a salvo. Hasta ahora, nadie ha sabido apreciar tu valor, pero si tú aceptas, Yo te hago esta promesa: prometo resguardarte y cuidarte, prometo devolverte esa dignidad que perdiste, que entregaste a quien no debías en un momento de fragilidad o que te fue robada. Tú eres mi princesa, la niña de mis ojos, la luz de mi corazón, y ahora que finalmente te he vuelto a encontrar, no voy a permitir que nadie te vuelva a robar, pero para eso, necesito que tú me digas que SÍ. Yo quiero hacer esto contigo porque me moriría de dolor si volvieran a usarte como si fueras una perla de plástico, de las que venden en la cuneta.”

Y ahora la pregunta se vuelve personal: ¿Estás dispuesta a aceptar esta propuesta de Dios? ¿Estás dispuesta a decirle Sí? Dios es un eterno presente, para Él no hay tiempo, por lo tanto en este minuto que estás leyendo estas líneas, Dios realmente te lo está preguntando. Él necesita de TU respuesta para poder actuar.

Ahora detente un momento, no sigas leyendo y piensa qué le quieres decir a Dios, y díselo en este mismo instante.

(………………………………………..)

Estoy absolutamente convencida de que si aceptaste esta promesa, poco a poco Dios te irá limpiando, puliendo y transformando en esa hermosa perla que eres, para que puedas brillar con gran intensidad. Pero tienes que entender que esto no ocurre de la noche a la mañana, que el proceso de sanación y rehabilitación es lento, que a veces te vas a sentir incomprendida y sola, pero si pasas por esos momentos, ¡sigue adelante y no te detengas! Esto ocurre porque todo cambio de vida implica dejar nuestras antiguas comodidades, nuestras seguridades, muchas veces amistades que no ayudan, pero definitivamente puedo decirte que ¡¡¡VALE LA PENA Y VALE LA VIDA!!!

Paz Fernández Kocksch, Psicóloga.

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